Vamos a lo que yo llamo el #businesschisme: prepara palomitas, un té o un batido détox —si eres de las que se cuida— porque lo que viene es largo, intenso y con más giros que una telenovela. Pero cada palabra es real. Cada momento me ha traído hasta aquí, hasta ti.
Desde pequeña he estado vinculada con el mundo empresarial. Me crié en el negocio familiar. Los veranos, mientras mis amigas jugaban a la comba, yo ya me relacionaba con empresarios, ejecutivos y comerciales… sin saberlo, estaba recibiendo clases magistrales en directo de cómo se debe vender y cómo no. Porque mi madre era un hueso duro de roer: daba igual que tuvieras el mejor producto del mercado, si no lograbas «cautivarla», no compraba. Punto. Así de sencillo. Ahí aprendí que vender no es convencer, es conectar. Y esa lección la llevo grabada a fuego.
En la adolescencia, para mis amigas yo ya era «la empresaria». Ellas comenzaban en sus primeros trabajos temporales y siempre me pedían «trucos» para que sus jefes las contrataran de manera indefinida. No sabía que lo que les daba eran consejos de marca personal. Solo quería echarles una mano. Pero algo dentro de mí ya vibraba con eso: ayudar a otras mujeres a brillar con luz propia.
Más tarde, me enamoré del que, años después, sería mi marido. El que dice «yo no tengo karma», a lo que yo siempre respondo que su karma soy yo 🤭. A veces me pregunto cómo sigue aguantándome… En fin, algo habrá hecho en sus otras vidas. Pero lo cierto es que ese hombre ha sido mi compañero de viaje en cada locura, en cada reinvención y en cada sueño que he tenido. En ser mi aliado para crear nuestra propia familia.
Cuando tuve a mi primer hijo, ese ser que, cuando lo sostienes entre tus brazos por primera vez, sientes que se para el mundo entero. El que te concede el título de «mamá» y también el que «paga» todos tus aprendizajes de mamá primeriza: las noches sin dormir, las dudas constantes, ese amor tan grande que a veces asusta. Él también se crió conmigo en el despacho, entre facturas y llamadas de teléfono, y quizá en ese momento fui consciente de lo afortunada que era. Porque tenía la libertad de estar con él mientras trabajaba. Un privilegio que, más adelante, querría compartir con otras mujeres.
Con poco más de un añito, una tarde de verano, mi hijo no quería dormir. Así que lo puse en su carrito y me lo llevé a dar un paseo. De la nada, una señora rubia, guapísima y con una alegría contagiosa me paró en mitad de la calle. Me presentó unos productos que podrían ayudarme a controlar mi peso —por aquel entonces yo tenía unos cuantos kilos de más— y me invitó a ir a una reunión informativa. Me documenté sobre la compañía, y decidí ir. Total, no tenía nada que perder. ¿O sí?
Porque comencé a tomar los productos de esa compañía y lo que sucedió fue increíble. En tres meses había perdido treinta kilos, sin pasar hambre, con más energía y ayudando a otras personas a lograr lo mismo. Mi alrededor comenzaba a preguntarme qué había hecho, que ellas también querían. Así que decidí hacerme distribuidora oficial y obtener ingresos adicionales para mis caprichos.
No voy a negarte que cuando asistía a las reuniones de equipo o mega eventos mundiales, era todo muy americano y como me decían algunos «eso es como una secta» a lo que yo siempre respondía, que menos mal que había caído en esa «secta» que me ayudaba a tener un cuerpo bonito (a mí y a mis clientas), dinero extra y no en otra.. Pero siendo sincera, aprendí tanto de liderazgo que no podría estar más agradecida. Ahí entendí que vender no era solo una habilidad técnica, sino una forma de servir. Y que liderar equipos requiere mucho más que dar órdenes.
💡 La primera gran lección: Mis padres habían creado un negocio sin grandes formaciones, solo con trabajo y dedicación. Ahí nació mi primera pregunta: ¿Qué pasaría si aprendiera a hacerlo de manera profesional?
Me formé en habilidades comerciales y la forma en que mejoró mi manera de enfocar las ventas fue genial. Pero tanto en el despacho como distribuidora comencé a gestionar equipos, pero sentía que me faltaba algo a la hora de expresarme. No era suficiente con hablar, tenía que llegar más profundo. Porque yo era creativa, intensa, con tantas ideas en la cabeza que mis mensajes se enredaban. Saltaba de un tema a otro. Lo que para mí era claro, para los demás era un laberinto.
Así que busqué a una de las mayores expertas en oratoria, Teresa Baró, y me formé con ella. Aprendí a estructurar mis ideas, a ordenar mi creatividad para que otros pudieran entenderme. A respirar antes de hablar. A hacer pausas. A dejar espacio para que el mensaje aterrizara.¿Quién me iba a decir entonces que años después estaría haciendo reels de 30 segundos en Instagram y funcionarían? La vida tiene un sentido del humor maravilloso.
Un par de años después, me quedé embarazada de nuevo, de mi hija. Y cuando estaba de unos siete meses, una madrugada sonó el teléfono. De esas llamadas que no esperas, que no quieres recibir jamás. Mi suegra nos dijo que mi suegro tenía un cáncer con metástasis extendida. ¡Mi suegro! Que siempre había deseado tener una nieta. Que cuando mi ginecólogo nos anunció que tendría una pequeña, hasta le puso en la ecografía: «Esto es para el abuelo, es una niña».
¿Cómo podía suceder eso? No, no era justo. Pero aguantó. Recuerdo que acababa de dar a luz a mi hija y él iba al mismo hospital para recibir su tratamiento. Esa mañana se escapó de su quimioterapia y vino a conocer a su nieta. La pudo ver, tenerla en sus brazos y darle todos los besos que quiso. Pero dos meses después, se fue. Para seguir cuidándonos desde donde quiera que estuviese. Fueron meses muy duros. De esos que te rompen por dentro y no sabes cómo recomponerte.
Llegaron las navidades y, en el fondo, nadie quería que nos reuniéramos porque no estábamos todos. Pero la noche anterior me sucedió algo. No puedo explicarlo, fue como una fuerza interior, un susurro que me decía: «haz algo». Y se me ocurrió: quería que cada miembro de la familia se sintiera, por unos segundos, feliz. Estuve hasta las tres de la mañana creándoles una frase personalizada a cada uno, agradeciéndoles por ser, por estar, por formar parte de nuestra historia. Y, por un instante aquella tristeza, se desvaneció.
Fueron unas navidades nostálgicas y emotivas, pero con ese halo de esperanza de que la vida sigue y que debemos valorar cada segundo que pasamos al lado de nuestros seres queridos.
Cuando todos se fueron, cerré la puerta de casa y le dije a mi marido: «Quiero hacer esto de manera profesional». No sabía ni qué ni cómo, pero comencé a indagar y, movida por esa curiosidad, el camino me llevó a formarme como Técnico Superior en Coaching Ejecutivo y Empresarial. Recuerdo estar estudiando con el libro de coaching en una mano —por aquel entonces la formación online era casi ciencia ficción— y a mi marido traerme a la nena de madrugada para que le diera el pecho, en la otra. No sabía dónde me llevaría aquello. Solo sentía dentro de mí que era lo que debía hacer.
Un día estaba en el parque con mis hijos, cuando una mamá me contaba entre lágrimas que acababa de dejar a sus pequeños en la guardería porque tenía que irse a trabajar. Se me partió el alma. Pero ahí, en ese banco del parque, entre columpios y gritos de niños, se me ocurrió la idea que lo cambiaría todo.
«¿Y si ayudo a otras mamás a crear sus propios negocios? Donde puedan cuidar a sus hijos, donde se sientan felices, donde si hoy no van a trabajar porque tienen que cuidarlos no pase nada y tengan la libertad de hacerlo.»
Pero ¿cómo? ¿Qué podía crear? ¿Qué podía hacer? Y una mañana, mientras estaba en la terraza de casa, mis hijos jugaban a mi alrededor, los miré y pensé: ¿qué soy? ¿Quién soy? Y ahí nació Mamá y Empresaria: un portal de coaching, formaciones, trucos para compaginar tu vida y tu negocio. De hecho, muchos de mis profesores acabaron siendo colaboradores. Dejé la empresa familiar y me dediqué por completo al negocio, mientras seguía aprendiendo: crear páginas web, Storytelling, Marketing…

Todo empezaba a despegar. Me invitaban a radio, me hacían entrevistas y el proyecto crecía más allá de lo que había imaginado.

De repente me contactaban hasta hombres. Un gran coach me dijo que era hora de crear mi propia marca personal y me enseñó los secretos detrás de una gran marca.

Descubrí los programas de alto valor. Fue encontrar el Santo Grial. Tomé un avión a la formación y aprendí a transformar conocimiento en un programas premium.
El éxito no tardó en llegar. Mis clientas empezaron a despegar. Tanto que comenzaron a invitarlas a eventos importantes. Y entonces una clienta me hizo la pregunta que lo desencadenó todo: «Rachel, ¿cuál es el tenedor del pescado?»
Podría haberle recomendado un vídeo de YouTube. Pero algo dentro de mí —mi perfeccionismo virgo, supongo— no soporta no poder ayudar de verdad. Y te confesaré algo: el gusanillo venía de lejos. De pequeña veía a las reinas en la tele y me fascinaba cómo sostenían una copa, la delicadeza de sus gestos, esa mesa impecablemente decorada. Eso siempre estuvo ahí.
Cursé un Máster en Protocolo y Comunicación Empresarial y me formé en Protocolo Social y Etiqueta en la Mesa. Descubrí que el tenedor de pescado es el que tiene cuatro púas.
Me adentré en el mundo de los eventos y me formé como wedding planner. ¡Incluso llegué a dirigir una boda! Fue preciosa, y mi formación como coach me permitió gestionar más de un imprevisto.
Ayudé a novias a crear sus votos matrimoniales. Mi formación en storytelling era el complemento perfecto para poner en palabras lo que el corazón sentía.
Los novios, a día de hoy, siguen casados —todo un triunfo— y con una hermosa hija. Y yo seguía sumando herramientas sin saber que todas esas piezas, algún día, encajarían en un puzzle más grande de lo que jamás imaginé.
Y entonces llegó lo más profundo. Pasé por lo que ahora conocemos como la noche oscura del alma. Que no fue una, ¡ojalá! Fueron muchas. Mientras mi vida profesional iba in crescendo, mi vida personal se derrumbaba. La ansiedad era cada vez más insoportable. Nada me motivaba. Estaba enfadada con el mundo, con mi familia, con todos… pero no era nada externo. Era yo. Con el tiempo descubrí que con la única que estaba realmente cabreada era conmigo.
Todo lo sentía superficial. Estaba harta de todo lo que sonara a «vende humos», de la frialdad de los negocios. Llevaba tantos años en el hacer, en mi energía masculina, en el producir-producir-producir, que me había olvidado de sentir. De mi energía femenina. De lo más bonito que tenemos las mujeres: AMAR.
Inicié mi formación a nivel personal con la cuántica. Me enamoré perdidamente de ella. Todo cambió. De repente, volvía a estar feliz. Veía cosas que, aunque estaban en mis narices, antes era incapaz de ver, de sentir, de ser.
Y no voy a decirte que fue un camino fácil, porque no lo fue. Fue durísimo. Enfrentarme a mis miedos, a mis bloqueos, a mis frustraciones… Pero una vez los superé, qué bien se siente.
Al conectar con esa energía más femenina, más de matriarca, coincidió que entraba en mi casa y no la sentía mía. Lo que se suponía que era mi espacio, mi hogar, mi templo… se sentía frío. Necesitaba que mi hogar tuviera alma.
Investigando apareció el Feng Shui y me formé como consultora. Entendí que cada cosa tiene su lugar, que cada área de tu vida, cuando la tienes bien organizada y armonizada con la energía, todo fluye mejor.
Mi parte artística comenzó a despertarse. Siempre me había encantado escribir, pero quería aprender más, así que cursé mi segundo máster: Escritura y Narración Creativa. Así fue como, a ratitos, empecé a escribir mi primera novela erótica: «El Actor».
Pero algo seguía faltando. A nivel personal tenía muchas inquietudes. La sexualidad me apasionaba, y cuando eres madre, eso parece un lujo del pasado. Mi matrimonio no estaba acabado, pero sí apagado. Quería volver a recuperar esa chispa, esa conexión que va más allá de las rutinas y los horarios de los niños.
Además, en todas las mentorías con mujeres, tarde o temprano acabábamos hablando de lo mismo: la conexión entre la pasión, la sexualidad y el negocio. Lo mal que les iba con su pareja. Había una conexión entre ambos mundos que no podía ignorar. Cuando nos enfrentábamos a ciertos temas —el cuerpo, el placer, la feminidad— algo se cerraba dentro. Y eso se repetía una y otra vez con casi todas las emprendedoras y empresarias con las que trabajaba, y aún no lograba descifrar el porqué.
Fui al otro extremo y me forné como Sexcoach. Porque entendí la conexión que existe entre tu energía creadora y tu negocio.
También quise profundizar más n las relaciones de pareja y cómo estas afectan o potencian en tu proyecto, por eso me formé como terapeuta.
Y una vez me reconcilié con mi feminidad, con mi cuerpo, quería que energía, esa luz interior se reflejara en el exterior. Amplié mis conocimiento como Asesora de Imagen y Personal Shopper.
Comenzaron a apasionarme temas más energéticos, espirituales y muy diferentes a los que estaba acostumbrada —tan mentales, tan empresariales—, por eso me formé como coach de Ikigai, Linaje del Sagrado Femenino, Sanación Ancestral… Y ahí entendí por qué a veces, por mucho que sepas, por mucho que te prepares, hay un miedo que no es tuyo. Es de tu abuela, de tu bisabuelo, de esos ancetros que no pudieron hablar. Y eso también hay que liberarlo para comunicar.
Y en el camino descubrí que también tenía dones espirituales. Resulta que algo que me había acompañado desde pequeña —esa sensación de ver a una persona pero, de repente, tener una imagen de ella en otra línea del tiempo, en otro lugar, con otra ropa— tenía un nombre: Canalizadora de Vidas Pasadas.
Pero no solo eso. También descubrí que siempre se me había dado bien saber qué se le da bien a otras personas. Sí, también tiene nombre: descubrir dones ajenos. Amo esas sesiones. Ver cómo alguien descubre su verdadero talento, ese que siempre estuvo ahí pero que nunca se atrevió a mirar de frente.
De repente, todo cobraba sentido. Entendí que mi don me permitía ver el talento innato de las personas. Bastaba con observarlas unos segundos para descubrir su propósito de vida. Y cuando se lo revelaba, su reacción era mágica: les ponía palabras a algo que siempre habían sentido pero nunca habían sabido nombrar. Ver ese brillo en sus ojos cuando descubren para qué han venido… ¡Uf! Es apasionante. Hasta se me pone la piel de gallina solo con decirlo. Amo cada vez que sucede.
Y, por si fuera poco, aprecio: la mediumnidad. ¡Ojo! La primera vez que tomé conciencia, me asusté. Mucho. Estaba aterrorizada. Porque yo no podía ni ver pelis de miedo, que luego estaba tres días sin pegar ojo. ¡Imagínate! No había nadie más terrenal que yo. Venía del mundo empresarial, técnico, racional. Y de repente, descubro eso… ¡Casi me da un patatús!
Sé que muchas personas ven seres desde que son pequeñas, pero yo no, tenía sensaciones, intuiciones, pero ver, no veía nada. Al parecer, ese don estaba dormido… hasta que despertó y de la manera más peculiar que pude imaginar,
De hecho, no te lo vas a creer, pero la primera vez que tuve una experiencia así, fue haciéndome la manicura. ¡Te lo juro!
Estaba yo tan tranquila en el salón de uñas y me atiende un chico. Y de repente, veo a una señora mayor detrás de él. Solo yo podía verla.. Me entró una mezcla de terror, calor y paz en el cuerpo que no puedo ni describir, pero por aquel yo ya llevaba años en el mundo cuántico, había canalizado y había desarrollado ciertas habilidades psíquicas que ya no podía ignorar.
Cerré los ojos (para ver si desaparecía), pero no, aquella señora seguía allí. Abrí mi corazón y la escuché con todo mi amor. Recibí su mensaje y era para el chico que me estaba haciendo la manicura. Y yo pensé: «¿Qué hago? ¿Le digo algo? Si se asusta, me va a dejar la línea de la francesa torcida». Pero la señora insistió, y aquí estamos para poner nuestros dones al servicio de los demás.
Total, mientras él me hacía una mano, yo con la otra en el móvil traduciendo (porque no hablaba español). Y le escribo el mensaje; que hay una señora mayor diciéndome que está bien, que no llore más por él, que lo quiere mucho y que cuide a sus hermanos.
El chico salta de la silla, le dice algo a otro, y en un momento se juntaron como tres o cuatro delante de mí. Pensé: «Para qué habré dicho nada, me van a echar del local». Y uno de ellos me pregunta si soy bruja. Le digo que no (por lo menos, no en esta vida).
Me enseña la foto de una mujer y le confirmo que sí, es ella (la que estaba viendo tras él). El chico, cuando reacciona, con lágrimas en los ojos me dice que era su mamá, que había fallecido hacía dos meses, y que me agradecía mucho el mensaje. Porque era cierto: cada noche lloraba por ella, de pena, por no tenerla.
Yo no sé quién se quedó más en shock, el vietnamita o yo. Bueno, lo importante fue que ellos dos se quedaron felices y en paz. Y yo me fui con mi manicura francesa perfecta. 💅
Sé que esto puede dar un poco de miedo, pero soy muy afortunada, porque como digo siempre: «mi don es selectivo». Solo recibo mensajes bonitos de almas que están en otro plano y quieren comunicarse con sus seres queridos en la tierra. Con el tiempo, el entrenamiento y la práctica, logré aceptarlo e integrarlo como parte de mí. Como una habilidad más para ayudar a otras personas.
Para mí, lo más bonito no era la meta, sino en quién me estaba convirtiendo durante el camino que recorría. Descubrí que esas creencias de «hay que ser un tiburón en los negocios o te comen», «los sentimientos no se mezclan en la empresa» o «todo se consigue con sangre, sudor y lágrimas» ¡eran falsas! Creencias que había escuchado de otros y yo compré sin rechistar. Lo bueno fue que, como en Amazon, pude devolverlas.
Porque por más que huyera de los negocios, no podía evitarlo: siempre tiraba hacia ellos. Pero todo había cambiado, yo no era la misma y no podía seguir haciendo tdo de la misma manera, Y qué liberador fue cuando al fin descubrí la magia de todo.
Poder equilibrar mi energía femenina y masculina. Poder tener un negocio con placer y pasión siendo auténticamente yo. Sin miedo, sin máscaras, sin fingir. Poder fusionar los negocios y la espiritualidad… ¡Uf, sin duda fue orgásmico!
Así fue como decidí unir ambos mundos: negocios & espiritualidad y ahora poder ponerlos a tu servicio.
Cada formación, cada madrugada desvelada, cada aprendizaje ha sido para construir un método que une lo que siempre estuvo separado: la técnica más exigente con la sanación más profunda. Desde la oratoria y el linaje femenino. El storytelling y las vidas pasadas. Desde el MBA en Digitalización con Inteligencia Artificial hasta encontrar tu propósito de vida, todo está en mi propio método: «El Método Silk»
Y fíjate, como tu mentora cuántica, estoy predicando con el ejemplo. Acabo de contarte algo que puede parecer tabú, o mal visto, o que podría restarme credibilidad. Pero, querida, ya superé esa fase.
Todo esto no te lo cuento para impresionarte. Te lo cuento para que entiendas una cosa: mis mentorías. talleres y formaciones existen porque yo he recorrido cada paso antes que tú. Todo eso que hoy trabajo en mis sesiones, lo sané primero en mí.
Porque una emprendedora, una empresaria, es muchas cosas. También es mujer, es madre, hija, amiga, pareja, socia, colaboradora… ¡Divinidad!, Los negocios son estrategia, pero cuando además los haces desde el amor, eso es magia pura.
Te muestro cómo cuando tú te atreves a ser auténticamente tú, cuando hablas desde tu esencia, te transformas y conectas con tu esencia más pura, el miedo se desvanece, la opinión ajena no importa. Porque lo importante es que tu mensaje llegue a las personas que conectan con tu vibración, con tu frecuencia, con tu alma. Personas con las que realmente te entusiasma trabajar. Desde el placer, la alegría y la felicidad. Eso es crear una auténtica Marca Personal: Ser Tú y eso es absolutamente Irresistible.
Simplemente, soy una mujer que un día decidió creer en ella, confiar en sus conocimientos, habilidades y sabiduría. Que se atrevió a conectar con su propósito de vida con su alma. Y que ahora acompaña a otras mujeres, a mis «Diosas» cómo las llamo yo cariñosamente, a hacer lo mismo.
Pero una Diosa no puede ir a cualquier sitio, debe estar en el lugar que corresponde, uno digno de su energía sagrada ¿Cuál ese sitio? 👇
El hogar de las diosas emprendedoras. Donde los negocios tienen alma, la comunicación nace del corazón y tú eres la protagonista absoluta de tu historia.
Y aquí viene la mejor parte, mi querida diosa emprendedora.
Mi propia historia es un libro épico con miles de páginas en blanco, listas para ser escritas. He descubierto que soy la única autora de mi destino, con el poder de reescribir, borrar y reinventar cada capítulo cuando lo desee.
Y es con esa claridad y esa magia que te guío para que tú también tomes la pluma y escribas tu propia leyenda, una vida y un negocio tan únicos e irresistibles como tú.
¡Juntas, haremos que cada página brille con un propósito ardiente y una alegría desbordante!
Si algo de esto resuena contigo, me encantará conocerte.
Con amor 💕
Tu Mentora Cuántica
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